Querido Pablo:
A medida que van pasando los años los
gustos evolucionan, algunos permanecen tal cual y otros simplemente
cambian de forma. A mi siempre me ha gustado escribir. Quizá porque
es una manera de contar historias y a menudo se me ocurren muchas
cosas que decir, solo que a veces no encuentro ni el momento ni las
personas adecuadas. A lo mejor simplemente es porque me gusta que me
escuchen y saber que soy el centro de atención en la mente de
alguien por un tiempo, porque mi vanidad cree que tengo capacidad
para deslumbrar a alguien durante esos momentos de atención. O
simplemente porque es una vía de escape. Siempre lo ha sido y de
alguna manera me hace sentir mejor. Lo cual explica porque soy tan
bocazas en otras circunstancias de mi vida.
Pero esta vez esta carta es solo para
mi, te la escribo a ti, Pablo, porque como ya he dicho antes los
gustos evolucionan y un blog a modo de diario en el que contar mis
penas y mis dudas se me queda pequeño. Me resulta propio de la
adolescencia e incluso algo infantil volcar mis frustraciones y
pataletas esperando que alguien lo lea mi de una palmadita. Así que
ese trabajo a partir de ahora lo voy a dejar en tus manos. Pero no
puedo contártelo porque si no funcionaría bien el experimento. Es
por eso que esta carta nunca llegará a tus manos.
¿Entonces por qué escribo todo esto?
Porque necesito ubicarte y explicarte. Eres la evolución de un
pensamiento que lleva rondando en mi cabeza algún tiempo y por fin
me he decidido a darte luz.
Empezaré por explicarte quién eres
exactamente, aunque nunca vayas a leerlo. Nos conocimos hace 27 años
y medio, en concreto el día en que nací. Eso es, nacimos
exactamente el mismo día, y no fue casualidad porque de alguna
manera nuestras vidas han estado programadas de la misma manera.
Hemos vivido situaciones muy similares, éxitos y fracasos, alegrías
y bajonazos y para bien o para mal hemos tomado decisiones que nos
han llevado hasta donde estamos hoy. Lo sabemos absolutamente todo el
uno sobre el otro y sobra decir que las vergüenzas o las mentiras
que maquillan la verdad sobran entre tu y yo, por lo que no tiene
sentido andarse con tapujos o tratar de fingir que soy mejor persona
de la que soy. Y no pienso hacerlo.
Hay dos características que
compartimos que me gustan especialmente de nosotros dos. La primera
es que tenemos la capacidad de amar bien las personas. Eso quiere
decir que nos gusta que la gente que queremos sean felices (aunque
cuando eso depende directamente de nosotros a mi no se me de tan bien
como a ti).
La segunda característica se
desarrolla a partir de la anterior. Bajo mi punto de vista se nos da
muy bien dar consejos a los demás cuando nos lo piden o creemos que
los necesitan. Por escuchar, por saber ponernos en el lugar del otro
y porque empatizamos y creemos saber cómo cambiar los sentimientos
amargos de los demás. Aunque en mi caso a veces me paso de listo...
eso a ti no te pasa.
Si embargo tu y yo no somos dos gotas
de agua. Hay algo que marca una clara diferencia en nuestras vidas y
es que tú siempre tomas las decisiones correctas. Te tengo un poco
de envidia de la sana, y me alegro mucho por ti, pero lo cierto es
que cuando se nos ha presentado una encrucijada, una disyuntiva o
teníamos que optar entre una u otra posición, la tuya siempre ha
sido la correcta a la vista de los resultados.
Por eso empiezo este pequeño proyecto
epistolar pidiéndote un favor. Que me ayudes. Que me ayudes con mis
dudas, con mis problemas, con mis tomas de decisiones, con mis días
bajos, vagos y que celebres conmigo los altos. Quiero que seas mi
consejero y confidente. Se que no hace falta que te lo pida porque
eres mi mejor amigo y la persona que mejor me conoce, por eso nunca
te mandaré esta carta, pero en estos momentos más que nunca
necesito tener un buen amigo cerca y nunca habían estado tan lejos.
He de advertirte que no serás como
Kitty, que era el “Pablo” de Ana Frank. Es posible que tengas
variaciones en tu biografía personal, que hayas tomado caminos
diferentes a los míos en una carta y en la siguiente estés
compartiendo clase, piso y problemas cotidianos conmigo. O incluso
que te alimentes de las opiniones que haya oído ese día, o hasta
puede que de los comentarios en estas mismas cartas.
También te advierto que no sé cada
cuanto te escribiré. Últimamente me da por mandar paquetes sorpresa
a la gente o por no mirar el móvil en días con tal de no saber
nada. Aunque eso te lo cuento ya en otra carta.
Se me está haciendo tarde y creo que
dejaré para mañana la primera carta que sí te enviaré. Solo
quiero decirte que espero que me acompañes en esta etapa y que todos
esos buenos consejos que das a los demás me los des a mi también. Y
sobre todo que consigas convencerme de tomar esas decisiones de las
que estoy tan orgulloso de ti.
Por último y ya me despido, solo
decirte que el nombre de Pablo siempre me ha gustado mucho y no
podría haber sido otro al que le contase estas cosas.
Te escribo pronto.